miércoles, 24 de abril de 2013

Eterno.


La música está demasiado fuerte. Muy, muy fuerte. Tanto, que tengo miedo de no poder volver a escuchar nada jamás. Y sería una cosa horrible que lo último que escuchara fuera esta música, que aunque es atrayente, siempre he odiado. No sé porque, no puedo con ella. Aunque claro, parece que el resto del mundo sí.
Los cuerpos femeninos se mueven de una parte a otra de la pista, con vestidos exageradamente cortos y coloridos, moviendo las caderas y los brazos al compás de la música, mientras son observadas por los depredadores que se encuentran en la barra, con un vaso de cristal en la mano y una mirada hambrienta en los ojos, como si quisieran comerse a todas las chicas a la vez. Algunos caminan hacia la pista y envuelven sus brazos en la cintura de alguna jovencita que, con suerte, les acompañara el resto de la noche.
Yo también estoy en la barra, pero mis ojos hace rato que dejaron de viajar por la pista. No podría encontrar nada que me interesara, de todas formas. Al contrario, he encontrado al fondo de mi vaso, vacío desde hace bastantes horas, un gran interés. Como si de las pequeñas gotas azules que aún quedan al fondo y de la atención que yo les prestara dependiera mi vida.
Puedo sentir la sangre bombear con fuerza contra mis mejillas y mis oídos, al mismo ritmo que lo hace la música estrepitosa, que acelera y frena al ritmo de mis latidos. Me muerdo el labio y vuelvo a contar gotas.
Me tiemblan las manos, no sé bien que hacer. Nunca tenía que haber aceptado que nos encontráramos aquí, es demasiado arriesgado, tanto para él como para mí. Pero claro, me lo había pedido con ESA cara de lástima, como si nunca hubiese roto un plato y fuera el “niño”, aunque de niño ya no tenía nada, más bueno del mundo. No habían pasado ni cinco segundos y ya había cambiado de opinión.
Un brazo que se deja caer por mi espalda me saca del trance en el que había entrado. Dejo el mundo de las gotas y de las mejillas sonrojadas y levanto la cabeza. Una sonrisa enorme me espera al otro lado. Vuelvo a estar en casa.
No nos hablamos, tampoco hace falta. Puedo sentir una sonrisa abrirse paso en mi cara, aunque intento contenerla. No todo puede ser tan fácil.
Me mira con una ceja levantada y esa sonrisa enorme que parece nunca quitarse de encima, y de verdad de verdad que yo me quiero morir ahora mismo porque es la cosa más perfecta del mundo esa sonrisa, toda dientes blancos y hoyuelos. Pero no voy a ceder, porque este es nuestro propio juego y no voy a perder.
Contrae la cara durante un segundo, y luego levanta la mano y la pasa por mejilla derecha. Oh oh. Esto es muy difícil. Intento no hacerlo, de verdad que sí, pero no puedo evitarlo; una sonrisa enorme atraviesa mi cara de repente, y sabe ganado. Me empuja hasta que todo mi cuerpo se encuentra frente al suyo, y deja caer su frente contra la mía. Su sonrisa no desaparece, y la mía tampoco. Me pasa las manos por debajo de la cintura, hasta que nos encontramos completamente pegados, y ríe bajito. Puede que sea realmente  bajito, puede que sea por la música ridícula que sigue sonando y que, ahora mismo, no podría importarme menos. Podría desaparecer y no me daría cuenta. Podría desaparecer todo si no me quitaban de su lado.
Levanto la vista de su sonrisa y me encuentro con sus ojos. El verde esmeralda me atrapa entre sus brazos, brillante, perfecto. Como lo es el, como lo es todo a su lado. Levanto los brazos hasta conseguir cruzar las manos detrás de su cuello y, agarrándolo del negro y grueso pelo que tengo a mano, hago que eche la cabeza hacia atrás. Lo escucho reír, incluso bajo la onda de música que nos acompaña, y veo su nuez bailar al compás de su risa, al compás de la música. No puedo evitarlo, y dejo que mis labios la acaricien suavemente, mientras noto como su cuerpo abandona una tensión que no había notado antes y se tranquiliza bajo el calor de mis labios. Subo poco a poco los besos, hasta encontrarme con su barbilla, y dejo caer su cabeza hacia delante, hasta volver a encontrarme con sus ojos. Aprieto con más fuerza su cuello y lo acerco más a mí, hasta que nuestros alientos se confunden. Y entonces… entonces desata sus manos, antes fuertemente aferradas a mi cintura, y me empuja hacia detrás.
Comienza a reír mientras yo me ruborizo y lo miro de manera dolida. Apoya la cabeza en el hombro derecho, aun riendo, y me saca la lengua. Me doy la vuelta, sintiendo el enfado crecer en mi estómago, y empiezo a caminar hacia la pista. Puede que al final esta no fuera una buena idea.
No he dado ni diez pasos cuando noto sus brazos rodearme por debajo de los míos, que mantengo fuertemente cruzados sobre el pecho. Su aliento me golpea en la oreja derecha.
-Eres demasiado simple, cariño.
No puedo evitar reír, porque este apelativo que mucha gente considera cariñoso es algo que siempre he encontrado vacío de sentimiento. Además, fue algo que, desde que empezó esta rara relación nuestra, no íbamos a usar. Él ríe conmigo, y una cosa que no sé bien que es se hincha en mi pecho y no me deja respirar.
Me da la vuelta y volvemos a mirarnos. La música suena a nuestro alrededor, pero no puedo pensar en ella teniendo delante aquello que más quiero en el mundo.
Me vuelve a acariciar la mejilla y, pegando nuestros cuerpos, empieza a moverse al ritmo de la música. Y mientras los cuerpos a nuestro alrededor bailan, como si este no fuera un momento único en el mundo, descubro que sí es una buena idea. Que no me importa esconderme de sus amigos, que me llame a última hora cancelando nuestras citas porque tiene “algo muy importante que hacer”, o tener que viajar 2 horas en coche a una discoteca de un pueblucho para poder pasar una noche con él. Porque le quiero, y aunque mañana no piense lo mismo, solo me importa tenerle aquí, ahora. 
Con los ojos cerrados, nos mueve a los dos de un lado al otro, dejándose llevar por el ritmo de la música que, a su lado, no parece tan odiosa. Su mano derecha deja mi cintura y se engancha con mi izquierda. Luego las levanta hasta dejarlas contra su rostro. Me sonríe, y otra vez noto mis piernas fallar, porque le quiero tanto que no hay palabras para explicar cuanto he deseado esto.
Acerca su cara a la mía, hasta dejar que sus labios acaricien suavemente los míos, y yo ya no puedo más. Le agarro del cuello y no le dejo separarse, porque he echado tanto de menos sus labios que no puedo respirar y no le voy a dejar escapar. Aquí, en mitad de una pista donde todo el mundo podría conocernos pero nadie lo hace, donde podemos ser nosotros mismos, donde podemos respirar, por fin, libres. Definitivamente no ha sido una mala idea. 
Me separo, respirando entrecortadamente y descansando mi frente en la suya. Y entonces hablo, por primera vez desde que salí de casa hace unas cinco horas.
-Te he echado de menos.
Sonríe y me vuelve a besar, suave, lento, como si tuviéramos toda la noche para nosotros, como diciendo “yo también, yo también”. Como si este momento pudiera ser eterno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario