El cielo brilla fuera. Siento la claridad del sol entrar
por la ventana y calentar la habitación. Fuera debe estar brillando bajo
la mirada de pájaros entretenidos y mujeres paseando, llevando a sus niños o
nietos al colegio. A estas horas de la tarde, clarean las imágenes, el mundo
parece un lugar bonito. El calor se me pega al cuerpo, incluso
solo vistiendo una camiseta que me cumbre los hombros y me llega las
rodillas. El olor a primavera llena la habitación de dulzura y vida, y da un
toque de frescor al calor que el sol emana, como una luz brillante en un lugar
oscuro.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro al pensar en la ironía
de ese pensamiento y, con las manos todavía temblando, me toco los labios, mano
que bajo al sentir como alguien acompaña a la mía. Sé quién es, y el
pensamiento hace que mi sonrisa se haga más pronunciada. Es él. La persona que
me acompaña cuando mi eterna oscuridad se convierte en alguna cosa
soportable, cuando todos somos ciegos bajo el manto de oscuridad de la noche.
El que me acaricia la mano con dulzura mientras las horas pasan por mi lado
vacías de significado y quien me mantiene con vida y me ayuda a sonreír en un
mundo en el mundo del espejo de sombras, el mundo al cual yo pertenezco y en el
cual llevo viviendo demasiado tiempo.
Busco su otra mano entre las sabanas, mientras la que
tocaba mis labios se enreda con la suya. Con la cabeza aun apoyada en el cojín,
noto su olor entre los miles que adornan la habitación. Olor a sus besos, sus
abrazos, sus caricias. El tacto suave de las sabanas bajo tus manos gastadas y
ásperas. Sus piernas cruzándose con las mías y un
suspiro suave golpeando contra mis labios.
Su aliento cálido se funde con el mio, y me llena de una
sensación de felicidad y vida. Presiona sus labios contra los míos, y todos los
recuerdos de momentos así golpean mi mente. Por supuesto, momentos diferentes
en que abría los ojos y veía los suyos cerrados con fuerza, como intentando
fundir sus pestañas. Yo entonces sonreía, me apartaba y le obligaba a abrir los
ojos para mí.
Sus labios se mezclan con los míos y, por un instante, no
recuerdo donde acaba el uno y empieza el otro. Puedo sentir sus brazos
envolverme por los hombros y, tanteando por su espalda, llego hasta su nuca, en
la cual junto mis manos. He de admitir que en este momento soy
feliz. Incluso ahora, vivir tras el espejo es mejor que antes, porque sé que
tengo a alguien que vive conmigo. El sentimiento de que soy invencible, la
felicidad que sube por mis pies y llega hasta mis labios, eso es lo que él me
aporta. Después de todo, no es tan fácil vivir con alguien que no te puede ver.
Se aleja despacio, y escucho su sonrisa mientras me grita
que es hora de levantarme, como hacía cuando aún podía levantar los ojos y
verle sonriendo o poniendo caras raras. Luego sus brazos me agarran y, como si
fuera una niña, me levanta y me pone en pie. Empieza un nuevo día, otra mañana
en el mundo de la oscuridad.
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